Hace más o menos un mes, en plena clase de Lingüística General en la PUCP, me acerqué a César y le revelé mi última decisión de vida: dejar la carrera de literatura y cambiarme a lingüística. En ese momento, César no hizo más que reírse en silencio, pero no por burlarse, sino como una forma de expresar su sorpresa.
Viéndolo en retrospectiva, hubo muchas señales de que esto pasaría. De hecho, una de las razones por las que decidí postular a la PUCP fue que la carrera era doble, por así decirlo. La carrera es lingüística y literatura, y uno elige entre dos menciones: mención literatura hispánica o mención lingüística. Aún eligiendo una de ellas, igual mi bachiller estará en nombre de ambas pero solo una de ellas puede ser mi especialidad. Siempre hice bromas con el hecho que también podría estudiar lingüística, no negativamente, sino en algo que uno dice que podría realmente podría pasar pero piensa que no. Así como seguro alguna vez mi madre y mi padre bromearon sobre la posibilidad de tener hijos diciendo que nunca lo harían, lo que cambiaría con la llegada de mis tres hermanos y de mi.
La clase de Lingüística General, entonces, terminó de formar en mi una idea que había estado como posibilidad desde hace años. Pero aquello que reavivó la idea, pasivamente oculta dentro de mi, fue el curso de Teoría General de Lenguaje. Allí nació la pregunta. También hay (al menos) una persona a la que agradecer, al profesor con el que llevé ambos cursos (uno seguido del otro, curiosamente). Gracias a este profesor conocí las bases del lenguaje y de estudio y, lo más importante, encontré el gusto por lo que se hace en lingüística en los últimos años: la búsqueda del lenguaje dentro del cerebro humano (y otros temas, pero este fue el tema que vino hacia mi como una bomba). Me inquieta positivamente que, tras tantos años de existencia, aún no sepamos cómo funciona el lenguaje como un aparato dentro del cerebro y qué hay de común en las lenguas que las hace lenguas y cómo esto que es común se relaciona con el hecho de que todos podamos, potencialmente, aprenderlas todas. Esas son las primeras preguntas que me hice, que imagino me tomarán un tiempo intentar responder. Es aquí donde registro mis avances en aquella tarea.
La clase de Lingüística General, entonces, terminó de formar en mi una idea que había estado como posibilidad desde hace años. Pero aquello que reavivó la idea, pasivamente oculta dentro de mi, fue el curso de Teoría General de Lenguaje. Allí nació la pregunta. También hay (al menos) una persona a la que agradecer, al profesor con el que llevé ambos cursos (uno seguido del otro, curiosamente). Gracias a este profesor conocí las bases del lenguaje y de estudio y, lo más importante, encontré el gusto por lo que se hace en lingüística en los últimos años: la búsqueda del lenguaje dentro del cerebro humano (y otros temas, pero este fue el tema que vino hacia mi como una bomba). Me inquieta positivamente que, tras tantos años de existencia, aún no sepamos cómo funciona el lenguaje como un aparato dentro del cerebro y qué hay de común en las lenguas que las hace lenguas y cómo esto que es común se relaciona con el hecho de que todos podamos, potencialmente, aprenderlas todas. Esas son las primeras preguntas que me hice, que imagino me tomarán un tiempo intentar responder. Es aquí donde registro mis avances en aquella tarea.